En el Ajizal se vive en la penumbra


Alejandro Calle Cardona

Itagüí / febrero 15, 2015

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Cuando la noche llega en la vereda El Ajizal de Itagüí, pasadas las seis de la tarde, Aura busca un encendedor para prender lo que queda de una vela desgastada. Ilumina la habitación que comparte con sus hermanos y se dirige a la cocina para ayudar a su mamá a preparar la comida.

Mientras en sus casas sus compañeros de clase se alistan para ver el realitie de música infantil, ella mira de reojo el televisor apagado a la espera de que algún día retorne la energía eléctrica y el aparato vuelva a dar imagen. A sus nueve años Aura no lleva la vida normal tal y como los demás niños de su barrio; su familia, al igual que otras 40 del sector, pasan la noche en la penumbra por falta de suministro eléctrico desde hace más de dos meses.

Un largo camino amarillo, enlodado cuando llueve, es la ruta para llegar a la parte más alta de El Ajizal. Enormes y nuevos edificios son la puerta de entrada a esta vereda, pero con el andar aparecen las casas, las ladrilleras y los ranchos construidos en madera y tejas de zinc.

Cuenta don Arcadio de Jesús Taborda que los primeros habitantes llegaron hace 55 años, pero antes de ellos, las escombreras El Valle, Cedros y Santa María ya fabricaban los adobes con los que se construía el Valle de Aburrá. “Yo llegué en 1968 y habían como 20 casas. Compré mi terreno en 45 mil pesos y ahí construí la casita”, narra el hombre de 73 años.

En aquella época El Ajizal era un cafetal de 36 hectáreas y donde trabajan la mayoría de sus habitantes. Hacia la década de 1980 las ladrilleras atrajeron más población y las construcciones en la vereda aumentaron de manera desordenada.

“Todos llegaron y quisieron tener su casa donde fuera y entre más grande mejor. El problema es que la Administración Municipal nunca nos puso cuidado y ahora sufrimos por la falta de pleneación, las casas están por todas partes y las vías son estrechas”, lamentó don Arcadio.

Como a gran parte del corregimiento El Manzanillo, la violencia y dolor llegó a El Ajizal en la década de 1990, pero advierten sus habitantes que desde los últimos dos años las cosas han cambiado un poco y ya se puede caminar más tranquilo.

Pero las balas no solo aparecieron en cuerpo presente. Secuela del conflicto armado en el departamento de Córdoba, llegó desde Tierra Alta y otras poblaciones, un grupo de familias desplazadas en busca de un lugar para construir nuevamente una vivienda y por qué no, un proyecto de vida.

Parte del terreno que pertenecía al sindicato de la desaparecida Ladrillera Galpón Guayabal y que hizo parte de su liquidación, fue cedido por una de las hijas de los pensionados para que allí se levantaran algunos ranchos, a la espera de alguna solución por parte del Estado a la situación de desplazamiento.

De eso ya han pasado cinco años y las soluciones no llegan. “Por eso construimos nuestras casas y continuamos nuestras vidas acá, aunque no ha sido fácil. Es una zona muy alejada y ahora ya no contamos con servicios públicos, lo que hace más precaria la situación”, narra Eludis Hernández, víctima de desplazamiento forzado.

Para llegar a la parte más alta hay dos caminos: un centenar de empinadas escalas o un camino envuelto en lodo o polvo de pendiendo del clima. Ambos están guiados por estelas de humo negro que salen por dos ladrilleras que mantienen su producción. Al puñado de casas el agua en ocasiones llega gracias al acueducto veredal, pero desde hace algunas semanas la electricidad dejó de subir.

Una decisión de la Alcaldía de Itagüí que catalogó la zona como de alto riesgo, obligó a EPM a retirar los contadores de energía prepago que había instalado como prueba. La determinación generó varias protestas, reclamaciones, acciones legales, pero pasan las semanas y los electrodomésticos y bombillos aún no funcionan.

Al fondo de la casa y ayudada por la luz solar, aparece la silueta de Aura, quien prepara el tetero de su hermano menor. Allí confiesa que aunque le pide al niño Dios una bicicleta, el mayor regalo sería que retorne la electricidad a su casa, porque según ella, no se quiere perder los programas que sus demás compañeros se ven. “En clase todos hablaban de la voz kids, pero yo nunca sabía qué decir porque no podía ver el programa”, relata la menor.

 En plena calle destapada abundan los niños, algunos descalzos y con sus caras amarillas, empantanadas, sucias. Juegan con palos o con lo que encuentran; algunos se mecen en sus hamacas, otros leen y otros en cambio, solo permanecen sentados afuera de sus casas a la espera de que pase el tiempo, a que llegue la noche y nuevamente la penumbra.

 

Alejandro Calle Cardona

periodicociudadsur@gmail.com