Cuba nunca fue una isla para los Estados Unidos

 

La reanudación de las relaciones diplomáticas –pero no políticas ni comerciales, que son las esenciales- entre los gobiernos de Estados y Cuba, tan celebrada durante las últimas semanas, es en realidad la continuación de una guerra por otros medios, la del diálogo.

La mala memoria, el desprestigio, la pereza o todas las anteriores, han contribuido a que este proceso –por lo menos en el plano informativo- haya estado plagado de inconsistencias, errores, tergiversaciones u olvidos… o todos los anteriores.

El pasado 14 de agosto, cuando se «hizo por primera vez la bandera de Estados Unidos en La Habana» desde el rompimiento de relaciones entre ambos países, se dijo que a la isla no iba un funcionario de alto rango en la isla en 70 años… lo cual no es cierto: en 1954, el entonces vicepresidente Richard M. Nixon, había estado en La Habana, reiterando el apoyo al dictador Fulgencio Batista, apoyo que le retiraron en 1958 para dárselo a Fidel Castro, el dictador que tanto les ha molestado.

Pero esa anécdota apenas sirve para ilustrar lo que en realidad ha sido una historia más llena de incoherencias, mitos y verdades a medias con que se ha construido el relato cubano-norteamericano desde 1961 cuando se rompieron las relaciones diplomáticas.

La mayor de las Antillas Mayores, Cuba, ha estado en medio de la geopolítica norteamericana desde los años de la guerra civil de Estados Unidos, cuando el puerto de La Habana era usado por los esclavistas confederados del sur para comerciar armas, pertrechos y provisiones con destino a sus tropas. Hay que recordar que el malecón habanero está apenas a 150 millas náuticas de las costas estadounidenses y que ambos, la isla y el gigante, comparten mar territorial en las heladas aguas del Golfo de México.

La independencia cubana del imperio español, la última colonia de los reyes en ultramar, estuvo mediada por la intervención de Washington cuyas tropas ocuparon la isla y mantuvieron una nada disimulada injerencia en los asuntos políticos de La Habana (hay que ver el extraordinario parecido que tienen la sede del Congreso de la Unión y el edificio de la Asamblea Popular de La Habana) a lo largo del siglo XX, usando, deponiendo, apoyando o persiguiendo gobiernos de acuerdo con los intereses del gran capital estadounidense.

La revolución del M26J, de 1959, no suponía, en principio, un gran cambio en las perspectivas de Washington respecto de su «cuasi-colonia», de no haber sido por el hecho de que los líderes de la revuelta, en particular el abogado Fidel Castro Ruz y el médico argentino Ernesto Guevara, estaban más dispuestos a llevar su gobierno por el camino del socialismo en lugar de solo cambiar de fachada al régimen cubano, tal como lo esperaba el presidente Eisenhower. Aquellos eran los años de la «Guerra Fría» nombre que en los medios de comunicación se dio a la carrera armamentista y a las guerras de baja intensidad que se desplegaron en Asia, Europa, África y América Latina entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.

Idos por el camino del socialismo, miles de opositores cubanos comenzaron un permanente flujo de exiliados hacia los Estados Unidos (lo que dio en llamarse «el exilio») que constituyeron con el paso de los años un importante grupo de presión conservador en ese país y que logró que en 1963 se decretara el bloqueo económico contra el gobierno de Castro (medida de hecho que aún se mantiene pese a 23 resoluciones de las Naciones Unidas que ordenan su levantamiento).

El bloqueo, que en Estados Unidos se llama embargo, es la prohibición de negociar con cualquier mercancía, empresa o servicio proveniente de Cuba o que se intente llevar a la isla desde aquel país y mantiene en vilo los recursos en dólares que tenía La Habana en los bancos estadounidenses, lo que incluyó el tráfico de barcos con mercancías desde y hacia Cuba, lo que es un acto de guerra, según las normas de los protocolos de Ginebra (sobre protección de los civiles en tiempos de conflictos armados).

Con esa medida, que se fue ampliando con el paso del tiempo, se ahogó cualquier intento del gobierno de Cuba por mantener a flote su economía central planificada y poco a poco lo fue llevando al fracaso.

Sucesivamente y con diversas estrategias, que siempre se apoyaron en el bloqueo económico y en guerras bacteriológicas y químicas contra la estructura agropecuaria y mediática contra la política cubana, los gobiernos de Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush Jr. y Obama mantuvieron su política contra el régimen de La Habana, cuyo socialismo empezó a desaparecer paulatinamente desde comienzos de la década del 90 cuando se declaró en la isla el llamado «periodo especial»: Cuba hoy no es ni comunista ni capitalista sino pobre, mantiene unos exitosos programas de educación y salud públicas pero languidece viendo pasar opulentos turistas europeos camino de los hoteles de lujo construidos en las playas privadas de Varadero.

Del viejo régimen subsisten «el coma andante» (como llaman con sorna los cubanos al comandante Castro), su séquito de burócratas y los nostálgicos de la gloria socialista desaparecida.

Obama, el presidente que decidió cambiar el esquema de las relaciones con Cuba, pretende pasar a la historia como el mandatario que le quebró el espinazo al comunismo cubano (que ya no existe) pero hasta ahora, las decisiones prácticas que se han tomado entre ambos regímenes apenas van en la izada de bandera en cada delegación diplomática, es decir: en un saludo a la bandera.

Las cosas no serán ni como lo añoran los viejos comunistas ni como lo ansía el exilio en Miami porque las relaciones entre ambos países son más complejas que sus decisiones políticas y más profundas que las aguas del golfo que los separan.

 

Octavio Gómez V.

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Foto:www.andresoppenheimer.com