En Los Florianos todo queda en familia

Son 450 escalones que parecen atravesar las nubes que por estos días cubren el Valle de Aburrá. Al llegar al filo o mejor, al cielo, un puñado de casas blancas aparecen como si no importara lo agreste del terreno si de construir  un hogar se trata. En este pequeño poblado de Itagüí viven tres familias, o una, como se quiera, quienes y aseguran que son privilegiados de habitar el mejor lugar del mundo.

Al iniciar el ascenso desde el barrio Los Gómez las casas rodean el camino los primeros pasos, mientras la altura va robándote el aire. No pasa mucho tiempo cuando ya la velocidad se va reduciendo y estiras el cuello para tratar de saber cuánto falta; el ascenso total podría tardar diez, quince o hasta veinticinco minutos. El tiempo varía entre si eres habitante del sector o un visitante curioso.

Las escalas van formando un camino en forma de serpiente y la voz de Guillermo Buitrago se escucha a lo lejos en su grito vagabundo propio de las fiestas decembrinas. Mientras algunos pintan sus casas, otros tratan de desenredar las instalaciones navideñas para colgarlas en puertas, ventanas y miradores, desde donde se divisan los efectos de la extracción minera que se roba parte del corregimiento El Manzanillo y la densa nube de smog que ahoga el resto del Valle de Aburrá. Sin embargo, el paisaje es alucinante, tanto que uno podría quedarse para siempre.

En la década de 1930 llegaban a este sector pobladores de Heliconia, Armenia Mantequilla y San Antonio de Prado, quienes tras atravesar la montaña, iban en busca de la plaza de mercado de La América en Medellín, la única que había por aquella época, o por lo menos la más cercana y con mejor oferta. Aquellos caminantes se fueron quedando con pequeños lotes de la finca de Siforiano Gómez, a quien llamaban Floriano, tal vez porque era más fácil de recordar o se escuchaba mejor.

Los Serna, Giraldo y Restrepo fueron copando el filo de la montaña y construyendo sus casas de ladrillo macizo en medio de los cultivos de café y plátano de la familia Gómez. Con el paso de los años, las familias estrecharon tanto los lazos que se fueron juntando entre ellas y así nacieron los Serna Giraldo, los Giraldo Serna, los Restrepo Serna, los Gómez Serna, los Restrepo Giraldo y así. 177 habitantes, la mayoría de ellos niños, habitan las 59 casas que allí se levantaron.

Julio es de apellido Serna, Serna Serna para ser más precisos. Llegó a los 5 años al barrio Los Gómez y en su juventud se enamoró de Dora, también de apellido Serna, Serna Giraldo, su prima. Ambos están sentados en el balcón de su casa recién pintada; mientras se ríen con malicia cuentan su historia de amor, del cómo tuvieron que pagar 32.000 pesos para que la Curia los casara luego de haber vivido catorce años en unión libre.

Ambos recuerdan que la madre de ella les regaló un pequeño lote para que construyeran su casa y aunque todo parecía ser más fácil, debían ingeniárselas para llevar el material de construcción hasta lo más alto. Aún no existían las escalas y los vehículos no subían por la carretera destapada y falduda más cercana.

“La subida del material para la casa fue a punta de pantano. Tuvimos que subir  1.800 adobes y nos tocaba subirlos por partes aunque se nos robaron algunos. Pero todo valió la pena porque vivimos en el mejor barrio; no vivimos en El Poblado pero vivimos frente a El Poblado”, dice Julio mientras se boga una cerveza.

La historia de amor de Julio y Dora parece repetirse en la mayoría de las casas vecinas, las mismas que cambiaron de color hace poco gracias al programa Pinta Tu Casa de la Alcaldía de Itagüí. Pero aunque el proyecto solo consistía en pintar las fachadas, un proyecto del Banco Agrario permitió que cinco ranchos de madera pasaran a ser casas, mientras que las casas en adobe, fueron también revocadas gracias a las donaciones de algunos funcionarios de la Administración Municipal.

“Fue un trabajo muy bonito, la gente se comprometió con el proyecto pero pidió que no solo fuera pintura sino también revoque para proteger las viviendas del agua y el deterioro. Los secretarios de despacho y los funcionarios de la Secretaría de Vivienda aportaron los materiales para cumplir ese sueño”, explicó Silvia Patricia Quintero, secretaria de Vivienda de Itagüí, quien espera llevar el programa a más barrios del municipio.

Lo que era un barrio color naranja que se perdía desde la distancia entre el verde de la montaña, se convirtió en un puñado de casas blancas que resaltan a lo lejos y permite ubicar a Los Florianos desde la parte baja o municipios vecinos. Pero los esposos Julio y Dora aclaran que nada de eso hubiera sido posible sin Julián Hurtado, quien es el habitante más nuevo del barrio y de los pocos que no tiene ninguno de los apellidos tradicionales. No es familia pero es el más amado.

Julián llegó al barrio por cuenta de una apuesta con su padre, quien aseguraba que no soportaría vivir tan lejos de la ciudad. Sin embargo se enamoró tanto de su gente y del ambiente campestre, que se quedó allí, promovió la transformación del barrio, en un años se convirtió en presidente de su Junta de Acción Comunal y en pocos días comenzará con su fundación para ayudar con la educación de los niños y jóvenes que allí habitan.

“De aquí ya no me saca nadie. La gente es muy bonita y merecen vivir muy bien”, explica el joven de 28 años, quien es filósofo y fue misionero en varios países suramericanos. Julián es quizá el único habitante, o por lo menos de los no tan viejos, que se sabe toda la historia de este poblado, tal vez por eso sabe todas sus necesidades.

Mientras enseña con orgullo al que considera su barrio, explica que en Los Florianos solo cuentan con agua potable cuatro horas al día gracias a la planta de acueducto veredal que la misma comunidad construyó hace 15 años. “Aquí se necesitan varias cosas, pero creemos que el alcalde va ayudar bastante. Lo más importante es que no hay violencia ni hambre, y las viviendas ya son dignas”, manifestó.

La mayoría de hombres trabajan en las ladrilleras asentadas en el corregimiento, lo que hace que las mujeres se echen al hombre y suban por las empinadas escalas el mercado, las pipetas de gas y el peso del hogar. Los niños tratan de jugar en los pasillos y escalas y comparten lugar con los gatos y perros que invaden este pequeño lugar.

Aquí lo mejor es el aire que se respira y la tranquilidad de sus estrechas calles, tanto que Julio asegura que “aquí nos acostamos con los grillos y nos despertamos con los pájaros”. Las brochas y pinturas aún permanecen en los pasillos de algunas de las 59 casas, mientras en otras, los más viejos ven orgullosos las nuevas fachadas, las mismas que dan cuenta de su alegría y la esperanza en Los Florianos, donde todo, absolutamente todo, queda en familia.

 

Alejandro Calle Cardona

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