Las hormigas negras de Itagüí

Las huellas se ven calles abajo. Filas de criaturas negras, inmóviles, disciplinadas marcan territorio en las paredes de una zona de frontera entre dos veredas de Itagüí. Son hormigas pintadas con esténcil, sin más señas. Cerca, en medio de un camino de escaleras empinadas, está El Hormiguero.  

Es una casa de primer piso que funciona desde hace un año como centro cultural en la vereda El Pedregal. Una zona que enfrentó hasta hace poco la disputa entre combos por el control de la droga, de las ‘vacunas’ y de la vida de quienes habitan ese cúmulo de edificaciones de ladrillo que se trepa en la montaña.  

“Se me ocurrió hacer un esténcil y empezamos a llenar el barrio de hormigas. Solo teníamos aerosol negro y lo hacíamos por la noche. Como había gente que no nos conocía, lo vieron como una amenaza. Una señora nos contó que andaban diciendo que era un grupo paramilitar que estaba llegando al barrio, que se llamaba ‘las hormigas negras’. Me tocó hasta hablar al final de una misa; un poquito para hacer promoción y otro poquito para que la gente no se asustara”, cuenta Daniel Bustamante, un maestro en artes plásticas de 23 años, el creador del proyecto. 

Entonces, las hormigas negras fueron algo así como un grito fundacional y el temor de los vecinos se transformó en curiosidad. Todo empezó en marzo de 2014 cuando Daniel decidió compartir con su barrio la casa convertida en taller de arte por la que les pagaba arriendo a sus padres. Quería hacer de ese lugar un espacio para enseñar a pintar, a hacer música, a bailar. Era una respuesta desde la gente a la ausencia de alternativas culturales y, de paso, sin vergüenza a la utopía, un medio para transformar el pedazo de mundo en que les tocó vivir.  

Así llegaron sus primos, sus vecinos, gente que sabía hacer algo que los demás no. Decidieron que el espacio debía tener un nombre y se reunieron para discutir opciones. “Pensamos en que las hormigas trabajan en equipo y también en los niños que cuando van subiendo las escalas para las clases parecen hormiguitas por el camino”, dice Daniel.  

Con el nombre decidido repartieron fotocopias, pegaron afiches, pintaron más hormigas y empezaron los talleres. “Los carteles no los leían y si nos íbamos tocando casa por casa, pensaban que íbamos a hablar de Jesús”, cuenta Sebastián Pabón, de 17 años, uno de los primos de Daniel, estudiante de licenciatura en Lengua Castellana y profesor del taller de lectura y escritura. 

“Todo esto pasó porque decidimos no ser tan egoístas con lo poquito que sabíamos- explica Sebastián-. Luego empezamos a pensar en cuáles eran los problemas del barrio y nos dimos cuenta, por ejemplo, que la gente no estaba interesada en la educación superior. Pensamos: este estudia arquitectura, sabe de matemáticas, puede dar el preuniversitario y así lo creamos”.  

“Clases de cualquier cosa” parece ser el lema del colectivo. Cultura para enfrentar el miedo El Pedregal es una de las ocho veredas que conforman el corregimiento de El Manzanillo, el único de Itagüí. Su historia reciente ha esto atravesada por la confrontación armada que en las últimas décadas se extendió por todo el occidente del Valle de Aburrá. Esas veredas y barrios como El Guayabo, Calatrava y La Unión, fueron algunos de los más afectados y pusieron la mayoría de los muertos que llevaron a que en 2009, por ejemplo, Itagüí superara la tasa de homicidios de Medellín.

En ese año, según Medicina Legal, se cometieron 332 asesinatos, cifra que recordó entonces los peores momentos de la guerra que libraron los paramilitares desde finales de los años 90.  Quienes hacen parte hoy de El Hormiguero vivieron de cerca esa época y los años posteriores cuando la disputa entre bandas se radicalizó.

Pero después, tal y como ocurrió en Medellín, las cifras de homicidios en Itagüí empezaron a caer. “Luego de que atraparon a algunos y mataron a otros el barrio entro en una falsa calma –dice Daniel- pero seguían cobrado vacunas a las tiendas y a algunas casas”. Que la guerra cediera, más allá de cuáles fueron las razones, fue una oportunidad.

Hoy son por lo menos 15 los jóvenes que dictan clases de cuanta cosa se les ocurre. Hay danza, poesía, carpintería y hasta un taller de periodismo comunitario. De las clases para niños pasaron a los adultos y esa casa, la de las hormigas, se transformó en un punto de encuentro, en la casa de la cultura que no paga el Estado.

Pero con el tiempo la idea se fue transformando. De lo esencial: dictar talleres para que los niños y los adultos aprendan algo distinto a lo que encuentran en la escuela, pasaron a soñar con algo más.

¿Y quién paga las cuentas? La plata para pagar los servicios y el arriendo puede salir del grupo de guitarra, de danza o de otro grupo, de vender sánduches o arroz con leche, en el peor de los casos, de sus propios bolsillos. Las donaciones han sido otro impulso. Las primeras fueron 23 guitarras luego de una campaña en Facebook y que sirvieron para reemplazar las hechas de cartón por los mismos niños para aprender a tocar. Han recibido materiales, pinturas, hasta varias hormigas de cemento que pintaron de colores y están ahora frente a la casa.  

También han rechazado ayuda. Lo han hecho para no deber favores y evitar que su espacio se vuelva un instrumento para otros intereses. “Gente que está metida con política nos ha buscado para regalarnos cosas. En muchas ocasiones se han acercado y de verdad necesitamos lo que nos ofrecen, pero preferimos seguir vendiendo arroz con leche”, dice Sebastián.  

Su apuesta ya superó lo elemental. “Desde hace tiempo nos empezamos a preguntar cómo incluir a la sociedad. El proyecto solito fue sacando necesidades que tenemos muy cerca. Lo que queremos es empezar una transformación cultural desde nosotros mismos”.

Por: Juan David Ortiz- Pacifistas

Fotos: CIUDAD SUR